En junio, el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía y otras conmemoraciones ambientales recuerdan que la degradación de los suelos no solo amenaza los ecosistemas: también pone en riesgo la producción de alimentos, la nutrición y los medios de vida rurales. En el marco del Año Internacional de la Agricultora 2026, el proyecto Suelos para la Nutrición destaca el papel de las mujeres rurales en el cuidado de la tierra, la producción de alimentos y la construcción de sistemas agroalimentarios más sostenibles. En el Meta, el inicio del programa Doctores de los Suelos muestra cómo esta apuesta comienza a echar raíces en el territorio.
Bogotá, D. C., 17 de junio de 2026. Antes de sembrar, Adriana Escobar toma un puñado de tierra entre sus manos. Lo deshace con los dedos, lo huele, lo observa. Mira si está suelto o compacto, si conserva humedad, si hay lombrices, raíces finas o pequeños organismos que antes pasaban inadvertidos. Durante años, como muchas productoras rurales de Villavicencio, Meta, aprendió a reconocer las señales del clima mirando el cielo. Ahora también sabe que buena parte de las respuestas están bajo sus pies.
“Uno antes pensaba que el suelo era solo donde se sembraba. Ahora entiendo que el suelo es un semillero de vida y que, si uno lo cuida, también cuida la comida de la familia”, dice mientras recorre su parcela donde cultiva hortalizas, plátano, yuca y plantas aromáticas que destina al consumo del hogar y a la venta en el mercado local.
Su historia, construida a partir del conocimiento heredado de sus mayores y fortalecida por el programa Doctores de los Suelos, representa la de muchas mujeres rurales que sostienen la alimentación cotidiana de sus familias y comunidades. Mujeres que seleccionan semillas, conservan saberes, preparan alimentos, cuidan huertas, administran pequeñas unidades productivas y, cada vez más, lideran prácticas de producción limpia y manejo sostenible del suelo.
En sus manos, la tierra fértil representa mucho más que un medio para sembrar. Es la posibilidad de producir alimentos, generar ingresos y contribuir a que niñas, niños, personas mayores y familias enteras accedan a dietas más diversas y nutritivas. Ese vínculo entre suelo, alimentación y vida se expresa en la cotidianidad: en cada huerta, en cada mercado local y en cada plato de comida.
La salud del suelo también es nutrición
La degradación de los suelos, la desertificación y la sequía suelen abordarse desde una mirada ambiental. Sin embargo, sus impactos llegan directamente a la seguridad alimentaria y la nutrición. Cuando un suelo pierde materia orgánica, se compacta, reduce su capacidad de retener agua o disminuye su fertilidad, también se debilita la posibilidad de producir alimentos suficientes, diversos y de calidad.
A nivel global, la FAO ha señalado que el 95 % de los alimentos que consumimos proviene directa o indirectamente de los suelos, y que cerca de una tercera parte de los suelos del mundo ya se encuentra degradada. A Colombia también la alerta ha llegado, cerca del 40 % de los suelos presenta algún grado de erosión, una realidad que afecta la productividad, la disponibilidad de alimentos, los ingresos rurales y la resiliencia de los territorios frente al cambio climático.
Por eso, hablar de suelos es hablar también de nutrición. La calidad de los alimentos empieza mucho antes de llegar a la mesa: empieza en la salud del suelo que los produce. Un suelo vivo y bien manejado permite que las plantas crezcan en mejores condiciones, aprovechen mejor los nutrientes y resistan con mayor capacidad los periodos secos, las lluvias intensas o los cambios bruscos del clima. También permite diversificar la producción, recuperar prácticas agroecológicas y reducir la dependencia de insumos externos.
Desde esta perspectiva, el suelo deja de ser visto únicamente como soporte físico de los cultivos y pasa a reconocerse como un sistema vivo, estratégico y frágil. En cada centímetro interactúan minerales, agua, aire, materia orgánica, microorganismos, raíces y múltiples formas de vida que hacen posible la producción agrícola. Su cuidado requiere conocimiento técnico, pero también observación cotidiana, experiencia campesina y decisiones productivas adaptadas a cada territorio.
Aprender a leer la tierra
El proyecto Suelos para la Nutrición recoge esta visión y la convierte en una apuesta por fortalecer capacidades, promover el manejo sostenible del suelo y reconectar la producción de alimentos con la salud de las personas y de los ecosistemas. Su enfoque parte de una premisa sencilla y profunda: no puede haber alimentación saludable sin suelos saludables.
En el Meta, esta apuesta comienza a materializarse con el programa Doctores de los Suelos, una iniciativa que vincula a 30 mujeres y hombre productores en el proceso de formación productor a productor que promueve el aprendizaje práctico para observar, diagnosticar y cuidar los suelos. A través de herramientas sencillas, quienes participan aprenden a identificar señales de compactación, erosión, pérdida de materia orgánica, baja infiltración de agua o disminución de actividad biológica.
También reconocen prácticas que pueden ayudar a mejorar la salud del suelo, como el uso de coberturas vegetales, la incorporación de materia orgánica, la diversificación de cultivos, la rotación, el manejo adecuado del agua y la reducción de prácticas que aceleran la degradación.
Para Adriana, representante legal de la Asociación de Productores Agropecuarios Agroindustriales de la vereda Mi Llanito (Asomillanito), ubicada en Villavicencio, participar en este proceso significa aprender a mirar su finca de otra manera. “Cuando uno entiende qué le está pasando al suelo, puede tomar mejores decisiones. No se trata solo de sembrar más, sino de sembrar mejor, de cuidar lo que nos permite producir”, afirma.
Su finca es pequeña, pero en ella se cruzan muchos de los desafíos que enfrenta el país: producir alimentos en medio de la variabilidad climática, proteger los recursos naturales, mejorar los ingresos rurales y garantizar dietas más saludables. Allí, cada práctica cuenta. Cubrir el suelo para que no quede expuesto al sol directo, aprovechar residuos orgánicos, evitar quemas, sembrar diferentes especies y observar la humedad antes de preparar el terreno son acciones que pueden parecer simples, pero que contribuyen a recuperar la fertilidad y aumentar la resiliencia de los sistemas agroalimentarios.
Mujeres que cuidan el alimento desde la raíz
En 2026, el Año Internacional de la Agricultora invita a reconocer una realidad que muchas veces permanece invisible: las mujeres son esenciales para producir, transformar, comercializar y llevar alimentos a los hogares. A nivel mundial, representan el 40 % de la fuerza laboral en los sistemas agroalimentarios, mientras que en América Latina y el Caribe alcanza el 36 %. En Colombia, esta agenda tiene rostro rural: cerca de 5,9 millones de mujeres viven en zonas rurales y sostienen, desde sus fincas, huertas, cocinas, mercados y organizaciones, buena parte de la alimentación cotidiana del país.
Su conocimiento sobre qué se siembra, cómo se prepara, qué se consume y qué alimentos hacen falta en la mesa del hogar resulta clave para avanzar hacia sistemas agroalimentarios más sostenibles, inclusivos y sensibles a la nutrición.
Cuidar los suelos también implica cuidar el tiempo y el trabajo de las mujeres rurales. Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE, en Colombia las mujeres dedican en promedio 7 horas y 35 minutos diarios al trabajo no remunerado, más del doble que los hombres. En la Orinoquía, este tiempo asciende a 9 horas y 7 minutos diarios. Por eso, cuando una mujer rural fortalece su huerta, mejora la fertilidad del suelo o diversifica la producción de alimentos, también está defendiendo su tiempo, su autonomía y la nutrición de su familia.
Cuando la tierra pierde fertilidad, producir exige más esfuerzo, más recursos y mayores desplazamientos para acceder a insumos, agua o alimentos. Cuando el suelo se recupera, se abren oportunidades para fortalecer huertas, mejorar la disponibilidad de alimentos frescos, diversificar la dieta y generar excedentes para la comercialización.
La degradación del suelo no puede atenderse únicamente como un problema técnico, ni la nutrición puede abordarse solo desde el consumo. Entre la tierra y el plato existe una cadena de decisiones, saberes y prácticas que determinan qué alimentos se producen, cómo se producen, quiénes los producen y en qué condiciones llegan a las comunidades.
Las conmemoraciones ambientales de junio son una oportunidad para recordar que la lucha contra la desertificación y la sequía empieza en acciones concretas de manejo sostenible del suelo, pero también en el reconocimiento de quienes lo cuidan todos los días. Productoras como Adriana muestran que la transición hacia sistemas agroalimentarios más sostenibles es posible desde la innovación, la cooperación y las políticas públicas, pero también ocurre en las fincas, en las huertas, en los mercados locales y en las manos de quienes producen los alimentos que llegan a la mesa.
Al finalizar la jornada, Adriana vuelve a tomar tierra donde cultiva la Guayaba que procesa y vende con la Red del Meta, pero esta vez no la mira como antes. Sabe que allí hay memoria, alimento y futuro. Sabe que, si el suelo se enferma, también se debilita la vida que depende de él. Y sabe que cuidarlo no es solo una tarea de productores y productoras, sino una responsabilidad colectiva. Porque proteger el suelo es proteger la alimentación, y con ello, cuidar el futuro de todos y todas.



